Necesitamos la muerte
- mariasanhuezasilva
- 7 oct 2020
- 3 min de lectura
Cuando leo por ahí que la muerte es mentira algo en mi se detiene. Puedo entender de donde viene esa afirmación, sobre todo cuando hablamos de caminos espirituales, sin embargo sé que necesitamos la muerte.
Necesitamos reconocer y abrazar cada día nuestra mortalidad, de otra forma es tan fácil desconectarnos de esta experiencia presente, de esta vida en este cuerpo que es finita, que se deteriora, que nos recuerda lo vulnerable y hace brillar distinto los vínculos, las decisiones y cada respiración. Sin muerte no hay como amar el dolor de la vida. Ni siquiera podemos amar realmente la vida sin muerte.
Y si, los seres humanos nos resistimos a esto, al dolor, a la muerte, a la pérdida. La enseñanza para estos tiempos es más que nunca ese encarnarnos, conocer de qué estamos hechos y reconocer como habitar lo trascendente, lo imperecedero en lo finito. Esa es la maravilla, esa es la unidad, un cuerpo y una experiencia que son portales de la paradoja y nos dan entonces la chance de ser profundamente humanos.
Algunos dirán el alma, el espíritu es imperecedero, infinito, no muere. Es una creencia y las más de las veces para mí hay una certeza en esa alma infinita. Aún así, lo que me importa enfatizar es que este yo que experimenta está vida morirá, y a menos que abracemos ese misterio, ese partir cada día, no sabremos cómo estar dignamente en esta tierra y cómo aportar en lo que somos.
Aterrados por el dolor, por la vejez, por la pérdida y la muerte vivimos corriendo tras ilusiones, respondiendo desde nuestros temores sin hacernos cargo de que estamos muriendo, de que tarde o temprano perderemos esta experiencia, estás relaciones, estos amores y odios.
La muerte nos otorga más humanidad que esas ideas descarnadas, esos paraísos soñados, ese más allá que no tiene cuerpo. Lo que tenemos es el ahora y el infinito al mismo tiempo si te atreves a bucear hondo y aceptar esta bella paradoja de la vida.
Si hay algo que nos permite crear es también la muerte. Sus ciclos y danzas están imbricados con la creación y el nacimiento. La muerte nos permite cambiar, nos da la chance de transformarnos, de rendirnos, de darnos a la vida.
La muerte fue una de mis iniciaciones más importantes en mi juventud, fue entregada directamente por el dolor sin limites en mi cuerpo, y me mostró tantas cosas en los años de duelo y sanación que hasta el día de hoy la honro y la bendigo. Fue el comienzo de un camino de estar más despierta, más vulnerable, más madura, más disponible a mi verdad y a la verdad de la Vida en mi.
Esa muerte iniciática me ha permitido morir muchas veces, aceptar que de esas muertes interiores nacen nuevos procesos, nuevas energías y formas de vivir.
Esa muerte me enseñó a despedirme internamente de lo que amo y de lo que ya no necesito, me enseñó con fuerza y claridad que nunca estoy sola en el camino de la vida y que a la vez es sólo mi responsabilidad vivirlo a cabalidad y de lleno.
Esa primera muerte me bendijo con el don de acompañar a otros en sus muertes, duelos, perdidas y dolores, dándole sentido a mi decisión de trabajar como psicoterapeuta.
Esa muerte me preparó y me sigue preparando para mi propia muerte, y me recuerda mi morir, es decir, el continuo ir despidiéndose de la vida.
Hoy más que nunca necesitamos recuperar la sabiduría de la vejez y la muerte, porque vivimos en una cultura que solo honra la juventud eterna, la vida sin fin, la edulcorante experiencia sin dolor.
Que haya algo en nosotros que no muere no es igual a decir que la muerte no existe. Yo necesito mis muertes y todo el proceso de morir para reconocer lo eterno, para sentirme plena y frágil, humana hasta el infinito.
María




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