Conocerte es mirarte honestamente
- mariasanhuezasilva
- 3 oct 2020
- 5 min de lectura
Actualizado: 21 jun 2022
Parte del camino en el que nos vemos inmersos en un proceso terapéutico, implica mirarse, mirarse detenidamente, quizás más de lo que te hayas mirado nunca en tu vida. Y esa mirada, es una mirada propia e íntima que con el paso de las sesiones -si la confianza del vínculo terapéutico así te lo inspira- se acerca cada vez más a tu verdad y te ayuda a conocerte mejor.
A veces esa mirada está tan cerca de lo que realmente hemos ido construyendo, viviendo, sintiendo y siendo, que duele… y está bien que duela. Las más de las veces duele porque hemos evadido y negado, sin saberlo, justo aquellas cosas que necesitamos mirar, conocer y aceptar para poder actuar de nuevas formas. Entonces sí, mirar de frente y profundo puede doler, pero a la larga no hay otra forma de conocernos para recrearnos distintos.
Cuando se llega a este punto en una terapia, es muy importante entender lo que implica conocerse en nuestras sombras y luces propias, esto para no soltar el proceso o estancarse en él por el miedo o la negación. Lo primero es entender que será un proceso, es decir, no será de la noche a la mañana que podamos mirar, conocer y aceptar aquellas cosas de nosotros que por años hemos escondido, que nos avergüenzan o que ni siquiera hemos reconocido como propias.
La frustración y el malestar puede aparecer en este punto y ser parte del proceso. Eso está bien, es una buena señal, es señal de que estamos trabajando con lo que es importante, y nos molesta porque ha sido por mucho tiempo negado. ¿A quién no le molesta reconocer sus errores o defectos?. Eso que nos molesta y que hemos negado es nuestra mugre, nuestra costra, la basura de nuestra psique y de nuestra historia, es lo que en ciertas corrientes psicológicas se ha llamado la Sombra.
El camino terapéutico es sinuoso y no faltan las dificultades, creo que eso es bueno saberlo y a menudo se lo recuerdo a mis pacientes. Quizás uno de los mayores obstáculos seamos nosotros mismos, o más bien lo que hemos definido como “yo”. Nos damos mucha importancia como para atrevernos a cambiar, nos miramos muy poco como para saber qué nos sirve y qué debemos dejar, nos conocemos a penas y de reojo.
Muchas veces el miedo y la costumbre, nos impiden ver aquello que nos aleja de la plenitud y el bienestar que tanto buscamos. ¿Y cuando vemos nuestras limitaciones, mezquindades y defectos, qué hacemos?, ¿nos atrevemos a quedarnos allí para conocerlos detalladamente?¿De qué otra manera podríamos cambiar algo que no conocemos a fondo y con claridad?. Necesitamos hacer conciencia de ello, por eso, para crecer es necesario mirarse profunda y honestamente.
Esto es lo mismo a lo que apuntan muchos terapeutas en la actualidad con el término “salir de la zona de confort”, es decir, salir del lugar interno y externo en el que me siento cómodo, ese lugar calentito y seguro de lo que creo conocer de mí. Los psicoterapeutas junguianos muchas veces relacionan el viaje terapéutico con una especie de viaje heroico, ya que en la medida en que nos comprometes y profundizamos en él, vamos entrando en zonas desconocidas de nosotros mismos, de nuestras historia y de nuestras relaciones. Estos lugares desconocidos a veces nos pueden atemorizar, sorprender o impactar, y las más de las veces, al abrirnos a ellos y a lo que contienen, recuperamos o ganamos no sólo espacio interno, sino también energía, creatividad y autenticidad.
Y bueno, en realidad al que le duele que nos miremos más profundamente es al ego, le incomoda esa mirada directa y escrutadora. Y el ego, para ponerlo de manera simple, es sólo una parte de todo lo que somos como seres. Podríamos decir que es la idea mental que tenemos de nosotros mismos y que se divide entre lo que aceptamos de nosotros (máscara: cómo nos gusta presentarnos ante los demás, en el mundo) y lo que negamos (sombra: aspectos que a lo largo del desarrollo se van ocultando por no coincidir con lo que nuestro entorno cercano valora y celebra). Para que el ego, que es una parte necesaria para organizarnos internamente y actuar en el mundo, se vuelva más sano, amplio, realista y maduro, requiere que hagamos el trabajo de integrar y reconocer tanto la máscara como la sombra en nosotros. Y eso implica mirarnos, conocernos sinceramente.
Por eso en los procesos terapéuticos o llegados a cierto punto de nuestro desarrollo, es necesaria esa mirada directa y sin excusas ni mentiras. Esa agudeza que revela nuestra verdad, será nuestro más grande soporte para seguir avanzando, porque nuestra verdad interior es lo que nos permitirá afrontar nuestros dolores, errores, heridas y sueños más preciados con dignidad y confianza en nuestro viaje por la vida. ¿De qué otra manera podríamos avanzar si no es con nuestra verdad abrazada en el corazón y aclarada en nuestra mente?
De hecho, lo que aprendemos en terapia o al ir creciendo y trabajando con nosotros mismos, es a decirnos la verdad y a escucharla. A mirar esas partes “feas y chuecas” de nosotros que, como me gusta decirle a mis pacientes, escondimos debajo de la alfombra (una alfombra que puede ser enorme y que a veces guarda sótanos bajo ella).
De a poco entonces, vamos profundizando en quienes somos y descubrimos que esas oscuridades y esos fallos, eso que con consciencia o no ocultamos sistemáticamente, no era un mounstro tan deforme, sino apenas una falla humana o alguna cualidad no valorada por nuestro entorno familiar. Por ejemplo, parte de la sombra de muchos hombres es el ser afectuosos, ya que el entorno en que crecieron negaban las muestras de afecto físico a los varones, entonces reprimieron ese aspecto de sí mismos. Así, con el tiempo, lo que va cayendo son nuestras máscaras y lo que va quedando es algo más parecido a la autenticidad, la libertad y la tranquilidad.
Finalmente dejamos que esa luz esclarecedora de la conciencia, del darse cuenta, corte nuestras fantasías y nos arroje a tierra, al barro de la vida, a la realidad de lo que somos. Al fin podemos conocernos abiertamente, nos podemos volver más humildes, más “comunes y corrientes”, con la sencillez y la confianza de quien sabe de sí mismo y hasta puede pillarse en sus propias trampas y jugarretas. Como los héroes de las aventuras, pasamos penalidades para salir fortalecidos, aceptarnos, reconocer nuestras habilidades más profundas y con suerte, reírnos también de nosotros mismos.
Y así va ocurriendo, en la medida en que miramos y conocemos lo que somos y hemos vivido, lo que sentimos y pensamos, lo que hacemos y rechazamos, que va creándose poco a poco una nueva relación de afecto con nosotros mismos. Aprendemos a querernos como somos, quizás como de niños necesitamos que nos quisieran, y ese afecto sincero permite que cámbienos naturalmente, que crezcamos y maduremos. Empezamos a descubrir que, con nuestras particularidades y fallos, en nosotros habitan todas las emociones y experiencias, que no somos más ni menos que nadie. Desde ahí se abre la posibilidad de ser más compasivos, de mirarnos amablemente y sin tantas exigencias. Con tiempo y paciencia, la terapia puede ayudarnos a aceptarnos, y en esa aceptación y compasión hacemos un acto concreto de amor hacia nosotros mismos. Nos abrimos a que el amor nos suceda y, por lo tanto, a poder compartirlo con otros.
Crece.
Atrévete a hacerle frente a lo que sea que seas,
a todo puedes darle un lugar y un momento.
Deja que la vida te toque,
aprende, aprende de todo y de todos.
Ábrete como una flor gigante
para que puedas dejar que el amor te atraviese, que el egoísmo vuele,
que la mediocridad se aleje y que la tristeza fluya.
Hazte inmenso como una ola.
Porque el amor no es un bien a ser guardado.
El amor es algo que nos atraviesa, que vivimos,
lo que podemos respirar cuando derribamos los muros,
cuando abrimos los brazos y dejamos que el pecho se convierta en un sol inmenso.
Quédate un momento allí a conocerte.
Crece y abre la puerta de tu corazón.



Comentarios