Diario de una psicoterapeuta Día#19: Mala mujer
- mariasanhuezasilva
- 9 sept 2022
- 3 min de lectura

Aquí estoy, soy la mala hija, la mala madre, la mala hermana, la mala amiga.
No he sido la que esperaban, la que soñaron, la que la cultura definía.
Mala mujer.
Tampoco he recibido lo que imaginaba y sin embargo eso terminó por hacerme quién soy. Aquello que esperaba, ¿era amor acaso?, se trataba de algo que ahora aprendo a darme a misma por extraño que parezca, a mí misma incluida. Cuidado, atención, respeto, coherencia.
El amor es una palabra de pocas letras y tantas definiciones.
Soy una buena persona, aunque no calce en la definición de nadie, aunque deje de complacer a quienes dicen quererme.
Es duro aceptar sentirse exiliada. Me ha tomado tiempo estar con ello, tiempo del cuerpo. Me muestra mis heridas, y aquí estoy respirándolas, respirando mi constante sentido de estar amenazada, de sentirme atacada, de crear mis narrativas desde la explicación, la justificación, desde el miedo a no ser vista, a no tener un espacio, a pedir permiso para ser.
Esas sensaciones reflejan la historia emocional de la que fui, de lo que sentí, de lo que sentía que los otros sentían. Las raíces de la buena niña que sería una buena mujer.
Eso era lo que me empujaba a ser la niña buena, ese miedo secular a desaparecer de pronto, de ser ignorada. Y ahora que lo vivo para poder crecer, ahora siento lo que evité. El calor del cuerpo me recorre, las fantasías infantiles llenan mi cabeza, las emociones se debaten en mi pecho: enojo, tristeza, rabia, rechazo.

Y ya no quiero vivir en las fronteras. Estoy conociendo mi territorio como nunca antes, con toda la atención y la dedicación que se esperaría. Estoy quedándome quieta donde quiero y me tengo que quedar, en mi hogar, en el lugar donde soy querida, vista, escuchada y comprendida. Aún así, estoy en el momento del desapego, y aparecen los fantasma culturales que tenemos tan firmemente arraigados, con sus estandartes y frases hechas sobre la familia y el amor, el perdón y la aceptación.
Estoy al borde, al borde exacto de lo permitido, de lo bueno, de lo que corresponde. Al menos, de lo que aprendí que era esa frontera. Esa frontera que, si la cruzaba -sabía tácitamente-, me dejaría fuera, en la exclusión. Quizás no una exclusión tajante sino la exclusión del afecto, del cuerpo: la mirada que excluye, la caricia que no llega como castigo, la dulzura que se disipa en la critica, la comprensión que se transforma en crueldad o ausencia.
¿Quién define esa frontera?, ¿quién dice cual es el límite sino mi ser más hondo?, ¿qué sino me puede guiar para crecer?.
He decidido seguir mi cuerpo, mi buen y ancho cuerpo, mi cuerpo de mujer atrevida. Allí donde están todos mis recursos y mis llaves, mis historias y heridas, allí se han fraguado un par de certezas que ahora me hacen decir que prefiero ser la mala de un cuento que no escribí yo misma, que ni buena ni mala me siento cuando soy yo misma.
Tomo la mano de esa pequeña María y nos reímos mirándonos a los ojos, "niña mala" me digo con risa y libertad, con certeza de estar cortando un lazo invisible que me ataba los pies y la boca.
Mala hija, mala hermana, mala mujer.
Siento la risa de las mujeres de mi familia, la risa de mi abuela Eliana y mi abuela Rosa, con sus tejidos y flores en el pelo suelto como nunca, la risa de mi madre con sus ojos verdes de estrellas del cielo, la más mala de todas.

Esa maldad, en realidad no existe, aunque todavía me queda camino de borrarla de mis huesos donde quisieron guardarla más de mil años de juicios, criticas, desprecio e ignorancia. Yo me seguiré riendo y haciendo cosas de "mala mujer" de cuando en cuando, para reencontrar a mi mujer completa, salvaje, hecha de barro y sexo, de plumas y riachuelos, de gemidos y lágrimas, de vientre y sangre.
Y como me ves, aquí estoy. Me he quedado en la m(p)atria de mis manos, de mis afectos verdaderos, de mi valía, porque he soñado más de lo que mi familia podía, más lejos de lo que mi patria me decía.
Hasta que me encontré.
Ahora me dedico a habitarme por completo y con amor.
María



Creo que fue Rilke quien dijo que la verdadera patria de un ser humano es su infancia. Por tu escrito, de éste día 19, lo has conseguido . Y diría que has arrastrado a todas esas mujeres que te precedieron. Es profundamente bello este relato de descubrimiento interior. Gracias por esa intensidad, coraje y tenacidad. Gracias por compartirlo.