Diario de una psicoterapeuta Día#8: he roto el hechizo
- mariasanhuezasilva
- 26 nov 2021
- 4 min de lectura

He roto el hechizo, de pronto me doy cuenta y una voz dentro mío me lo cuenta.
He roto al hechizo, he vuelto a mi.
Al menos, he quebrado el espejo del hipnotismo de esa vieja historia que me hacia sentir como una niña cuyo pensamiento era invalido, cuyo sentir era invisible. Y ahora, aunque el embrujo venga con el viento, teñido de las miradas de otros y los viejos sentires adoloridos de mi infancia, tengo la certeza en mi corazón que el hechizo es una mentira.
Es la mentira que tuve que sostener por como me sentía cuando no era vista. La mentira que escuché y que se esconde tras esa herida es “no soy valiosa”. O las mentiras que creó mi mente para explicarse el no ser entendida, aceptada o cuidada.
Quizás más que llamarles mentiras a estos embrujos, diremos que los hechizos interiores están hechos de ficciones, poderosos cuentos de fantasmas que se activan cuando volvemos a sentirnos como nos sentimos cuando ese cuento de fantasmas nos fue susurrado en el alma.
El hechizo se rompe cuando vuelvo a mi, cuando vuelvo al presente para sentirme en todo lo que soy hoy día. El embrujo empieza a desaparecer cuando paro, miro a mi alrededor y reconozco que puedo darme lo que no me dieron y recibir lo que la vida me entrega. También cuando me harto y siento que ya no quiero más de lo mismo, sobre todo en donde me siento atrapada y no resuena con mi verdad.
Así, cuando rompo el hechizo, surge un nuevo relato, uno construido desde mis huesos y convicciones, desde mis recursos y sensibilidad, desde mis heridas también, y de mi amor.
“Ya no necesito hacer pataletas, ni exagerar mi mundo emocional para se vista y respetada.
Tengo una voz y voy a usarla.
Tengo un criterio y unas convicciones que valen mi vida y mi camino, el que he hecho a mano y sin permiso de nadie.
He crecido.
Soy una fruta madura que cae graciosamente a fundirse con la vida, sin miedo, con ternura, con goce, con rabia y con manos para hacer cosas que vivan.”
He roto el hechizo.

Todos tenemos al menos una parte de nosotros hechizada. Es esa - o esas- partes de nosotros que están capturadas en un relato que nos contaron al oído del corazón cuando éramos niños o jóvenes. Ese es un relato en el que nuestros miedos eran realzados, nuestra libertad coartada, nuestra necesidad de respeto y atención confiscada. En ese cuento, las personas que nos quieren -sin querer- levantan el conjuro del deber familiar, de la herencia torcida, de la dependencia, de la renuncia al propio sentir y la visión del alma.
Cuando reconocemos el malestar del hechizo, en cualquier momento de la vida, lo que se pone en juego es nuestra pertenencia. O seguimos hechizados repitiendo los patrones y danzas familiares, las reacciones y dependencias forjadas o… o bueno, hacemos nuestro propio camino. Ese es un momento de tensión interior poderoso y difícil de sortear las más de las veces.
Sentimos que se ponen en juego -de forma inconsciente y muy intensa en nuestros cuerpos- las lealtades, las antiguas formas de ser y de relacionarnos. En el fondo de nuestro ser sentimos que, si cambiamos, si nos movemos del jugar que nos dieron y que aceptamos para ser amados, todo se derrumbará o seremos francamente exiliados del clan.
Y bueno, nadie quiere ser exiliado de su propio clan. Esa es una de las memorias de temor más antiguas en nuestras células, porque en tiempos inmemoriales, ese exilio equivalía a la muerte. Y de alguna manera -para nuestra psique y nuestro organismo- hoy también puede significar una muerte, una simbólica, emocional y a veces, física.
La posibilidad del exilio de la tierra que llamamos hogar cuando somos pequeños, puede ser aterradora. Recuerden sino la sensación que les recorría cuando imaginaban que se habían perdido de la mano de su madre – padre en un lugar extraño, o cuando imaginaban que alguno de ellos había enfermado o muerto. Yo al menos, recuerdo vívidamente esas sensaciones en mi infancia. Y en las crisis familiares, asomaba también ese temor. La caída del hogar, de ese lugar donde -bien o mal- nos sentíamos medianamente seguros y queridos.
Entonces, cuando decidimos salir del relato en el que estamos capturados por el deber ser, por los contratos tácitos de limitación, miedo, dependencia, exitismo, autoexigencia (o cualquier otro mandato tóxico que sostenga tu medio familiar o cultural) se nos remueve el mundo. Porque nuestra identidad esta imbricada con ese relato. Nuestra definición personal muchas veces se sostiene vincularmente en esos contratos silenciosos que firmamos sin saber, inconscientes y necesitados de amor.

Tomará coraje y un largo viaje interior separarse voluntariamente, aceptar la distancia necesaria para ir construyendo nuevos relatos que nos liberen, poco a poco, como una buena medicina -con amargura y paciencia-, de la culpa, la vergüenza, el miedo y la dependencia a esos hechizos en los que nos sostuvimos y que alimentaron nuestras relaciones más cercanas.
Con el tiempo será una alegría descubrir nuevos caminos, relatos propios y edificantes de nuestra propia aventura de vida, construida ahora a la medida de nosotros mismos, de nuestra madurez, de los errores y aprendizajes atesorados, del cuerpo y el sentir que somos, de nuestra intima vulnerabilidad y creatividad.
El exilio será un paso, a veces gigante y otras no tanto, que nos permitirá viajar a la tierra propia de nuestro sentir, de lo que realmente somos y deseamos crear. Y si bien ese exilio significará un tiempo de muerte, de desierto, vagabundeo e incertidumbre para dar paso a los nuevos territorios a habitar y recrear; será también ese exilio la muerte del hechizo, de la esclavitud y de las máscaras que sólo alimentan la incoherencia y la desconexión.
He roto el hechizo, ha caído la máscara, ahora puedo sentir y descubrir lo que soy.
por María Sanhueza Silva



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