Diario de una psicoterapeuta #Día 7: ¡sólo quería volver a casa!
- mariasanhuezasilva
- 18 nov 2021
- 4 min de lectura

Volvamos con el relato de la travesía.
Una viajera que se siente en casa donde quiera que esté es la libertad más grande en este mundo, ¿qué podría necesitar o añorar?.
Pues bueno, esta viajera que abría su corazón al mundo con las alas cada vez más grandes, que se sentía vibrante en su caminar nómade, poco a poco, imperceptiblemente empezó a desear cuidar.
El camino me estaba ayudando a sanar mis heridas, a soltar miedos y rigideces, a confiar en mis emociones y profundizar cada vez más en lo que mis sueños, intuiciones y aprendizajes sutiles me iban contando. Afuera, la realidad me ponía a prueba, me ayudaba a celebrar la libertad y moverme cada vez más cómoda con mis miedos y aprehensiones.
Aprendía a cuidarme, aprendía a cuidar de mi compañero, aprendía a cuidar más aún a quienes acompañaba en mi trabajo como psicoterapeuta. De cada casa en la que vivíamos hacia un hogar, cocinaba mis platos preferidos, mantenía mis ritmos y trataba de cuidar de esas rutinas hermosas que me llenan el alma. Nunca olvidaré mis trotes matutinos por ciudad de México en la avenida Amsterdam, con sus ficus y gomeros gigantes haciendo sombra y los pájaros cantores, o el calor en Barcelona hasta llegar a ver el mediterrano susurrante, ni el misterio que exudaban las calles de Ronda, en mi Andalucía soñada, cada mañana al amanecer.

Ya estábamos en Europa, la tierra prometida, mi cuerpo empezó a susurrarme la necesidad de hacer hogar.
Y entonces, empecé a desear cuidar. Cuidar y ver crecer. Me imaginaba teniendo un jardín y un gatito. Empecé a desear quedarme y echar raíces. Una tarde, como una granada de racimo en mi corazón se abrió la certeza de que lo único que quería era dejar de moverme, dejar de ser nómade, soltar la aventura y plantarme en la tierra. Eran ya 7 meses de llevar la caravana en las manos y en los pies, 7 meses entre Chile, México y España. Estaba cansada, pero por sobre todo, algo nuevo estaba naciendo en mi interior.
Quería ver pasar los años en el mismo jardín, saludar a los vecinos y forjar -en lo difícil y en lo bello- un lugar desde donde ver pasar la vida. Nunca había sentido esto en mi cuerpo y en mi corazón. Sí, lo había pensado, lo había planeado, pero jamás lo había sentido verdaderamente.
Era como si hubiera recobrado mi verdadero hogar. Y esto, que suena a comercial de mantequilla, es el tesoro más grande y profundo que imaginé recibir en el viaje. Y por supuesto, lo recibí de la manera menos esperada. El hogar que anhelaba estaba por darme la más grande sorpresa.
Supe que ese hogar, lo había perdido hace más de 20 años atrás cuando mi madre murió brutalmente y fui exiliada de esa experiencia cálida y segura.
Supe que, año tras año, fui buscando -a veces como mendiga, a veces como ciega- para tratar de emular esa sensación.
Supe que otros años, me conté el cuento de la gitana, porque no hallaba yo descanso en una tierra, porque siempre había un horizonte que podía ser mejor.
Supe que los últimos años de dolor y aprendizajes habían templado algo en mi que me había llevado lo más lejos que mi imaginación me quería llevar y que justo allí, en la tierra prometida, la vida me devolvía un trozo de mi corazón. Cuando pude dejarme tocar totalmente por este fragmento que faltaba sin saberlo, la brújula del viaje empezó a dar vueltas silenciosas.
Un día, al poco tiempo, me sentí como un náufrago en medio de un inmenso mar en calma. Sin vientos que me ayudaran a dirigir mi rumbo, sin orillas que alcanzar, sin pájaros ni estrellas que escuchar para conocer mi destino.
Supe que estaba preparada para respirar en calma y quedarme ahí, sin saber, sin moverme, sintiendo el inmenso espacio de la pregunta: ¿y ahora qué?.
Había dejado mi hogar en el sur del mundo para conocer las maravillas de Europa, había pasado meses intentando saltar las vallas que el COVID y los consulados me ponían para llegar hasta allí. Había iniciado un magister hermoso en España y estaba a punto de alquilar algo en medio del mediterráneo para asentarnos cuando se hizo un vacío.
Sólo escuchaba dentro de mi pecho ¿y ahora qué?

La tierra prometida de pronto quedo vacía de promesas.
El paisaje hermoso de mi Andalucía amada, con todo lo que me había dado hasta entonces, se cerró como un libro que ha llegado a su final.
Mi mente trataba de entender el misterio del viaje interno, trataba de continuar el relato del proyecto planificado hace tanto y puesto en marcha hacer 9 meses atrás.
La calma del océano interior, de ese naufragio en el que me sentía, me entregó los sueños que necesitaba.
La calma del océano y el eco de la pregunta "¿y ahora qué?", me dieron poco a poco la respuesta menos esperada. Lo único que mi corazón realmente quería era volver a casa. La brújula apuntaba al sur del sur.
Ríos de dulces lagrimas se abrieron paso por mi rostro mientras le decía a mi amado la verdad descubierta en mi corazón, ¡que regocijo!, ¡qué calma!, ¡que simple convicción!
Sólo quería volver a casa, a construir al fin mi hogar.
Y así volvimos los pasos y la mirada, con el corazón rebosante de agradecimiento.
por cierto había un tesoro esperando por nosotros en las tierras más allá del océano, pero nunca imaginamos que ese tesoro sería volver a casa con el corazón en paz y la vida llena de sentidos nuevos por explorar y construir.
por María Sanhueza Silva



Comentarios