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Diario de una psicoterapeuta Día#15: quiero estar aquí, contigo

Actualizado: 14 mar 2022



Me he quedado en suspenso, de pronto, después de un día de trabajo, me quedo as´, queriendo decir algo.

Una frase que me pide hablar pero no sé de qué.

Parto con lo que siento, con lo que tengo a mano, con lo de cada día que es lo que nutre el diario de esta psicoterapeuta.


Han sido días de escuchar a otras, sí, otras, porque trabajo principalmente con mujeres. Viajar con ellas por sus caminos, sus dificultades, sus descubrimientos y sombras es viajar por mí. Cercana y atenta, mi cuerpo resuena con sus miradas, sus ideales, sus cuerpos también que se mueven, vibran, lloran, ríen, sienten miedo y placer.


Más allá y más acá de la pantalla, en este tiempo de terapias virtuales, la virtualidad para mí y en mi trabajo está hecha de carne, de la mía y de esas mujeres con las que trabajo cada día.


El tiempo pasa volando mientras observo sus hábitat: sus jardines, habitaciones, a veces, sus automóviles en un lugar lejos de casa. Hijos que aparecen, perros y gatos que cruzan la pantalla, timbres, puertas, llamadas telefónicas.Una amamantando, otra encerrándose para estar a solas, otra recostadas por el agotamiento, otra caminando por su jardín. Todo me habla, todo me dice de ellas y resuena lo mío ahí también. Todas me dan claves de sus cuerpos, yo misma sintiéndome en mi silla, en el espacio, en el confort y presencia de estar en mi cuerpo. Y en lo que cada una está, las invito a que nos sintamos presentes en ese cuerpo, nuestro primer lugar sagrado, nuestro santuario y refugio. Eso es, en parte, lo que buscamos recuperar, ese lugar interno de seguridad en el cuerpo con todas sus historias y dolores.


¡Que misterio este de acompañar!, que maravilla aprender de este oficio y al momento de encontrarme contigo simplemente respirar, sentirte, intuir, buscar los cabos sueltos juntas, proponer formas de tejerlos, preguntarte, preguntarte una y otra vez sobre ti, para que te escuche, para que te escuches, para que tengamos el maravilloso espacio de decidir, de recrear, de traducir, de dilucidar, de sentir, de tomar conciencia.



No puedo dejar de sentirme honrada e intrigada por lo que la psicoterapia ha traído a mi vida, vinculada con mi propia historia, con mi deseo de ser vista y valorada en intimidad. Y ese deseo termina convirtiéndose en un acto de revelación para otro, en el que persisto y busco crecer para ser más presencia y compañía. Y descubro en mí, por sobre todo, que la herida abre paso a dimensiones propias que son verdaderos umbrales de transformación. Umbrales que nos pueden llevar más allá de lo que podemos pensar hoy de nosotras mismas. Lo que en mi crece, con todo lo que estudio, pero sobre todo con todo lo que integro en mis experiencias de vida y clínica, todo aquello es lo que voy pudiendo dar, como posibilidad y como espacio, a los que llegan a trabajar conmigo.


A veces este oficio me hace sentir como una vieja mirando la vida pasar. He andado tantos caminos, tan oscuros, me he sentado ya varias veces a tomar el té con la muerte, la he tenido durmiendo conmigo y tantas otras cosas más. Lo que la vida me da lo he convertido en algo brillante que pueda servir para seguir alumbrando el camino. Ese, ese un regalo que me hicieron los ángeles o algo del más allá. Yo no lo pedí ni he podido generarlo por mi misma, si hay algo que he puesto es quizás la persistencia y una especie de fe en que hay algo que me sostiene.


Por esos caminos oscuros vuelvo a ir contigo. Te escucho, te siento y puedo reconocer ciertas vueltas, atajos y pasadizos, exactamente los que no hay que tomar para perderse, y los que si nos llevan al fondo del asunto. Tan al fondo como tú quieras y puedas, tan a tu ritmo como tenga que ser. Acompañar significa aprender a valorarte tanto que puedas valorar el ser del otro. Y ese sí que ha sido un viaje de madurez que he vivido a puertas cerradas y también gracias al trabajo terapéutico.


Quiero estar aquí. Quiero este ritmo que es escucha y aprender a acompañar, a sanar el trauma de no sentirnos vistos, amadas, valorados, sentidos. Sentirme sentirte mientras estamos juntos, sentir que me sientes mientras estoy sintiéndome. No es un trabalenguas, es una clave terapéutica para explorar nuevas respuestas en la relación, una relación humana que tiene siglos y siglos de traumas personales, familiares, colectivos.


Nuestras relaciones a todo nivel están traumatizadas, lo podemos ver claramente en la política, en la gestión de nuestras comunidades, en los espacios espirituales y en las comunidades educativas. Una y otra vez se levantan las barreras, las defensas, el miedo, la agresión y el poder como estrategias infantiles de reaccionar ante la herida. “Aquí no es seguro ser quién soy, aquí es amenazante, aquí me van a engañar, herir, maltratar, ignorar, humillar”.


¿Quién no ha sentido eso?¿quién no se ha pensado en escenarios íntimos o grupales desde esa herida? Yo, muchas veces. Y eso genera un forma de estar conmigo y con el otro, una reacción de cierre, de defensa, de stress, de malestar. En otros casos esa defensa se muestra como franca agresión o descalificación, funcionando como forma de salvaguardarse a si mismo o como forma de pararse en el mundo.


Entonces, crearnos y dar espacios de escucha cultivados desde la presencia y la apertura, comienzan a abrir vías. Es un ejercicio con otro para volver a sentirme a salvo conmigo, es una apuesta al vinculo como medicina de todos los vínculos que no pudieron serlo. Así, lo pasado se actualiza y se integra desde un lugar más amplio, más verdadero, más pleno de ti.


Te invito a acompañarme en mis reflexiones y espacios que comparto, y si necesitas ayuda contáctame.


Con amor

Maria

 
 
 

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