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Diario de una psicoterapeuta Día#10: cada mujer es una melodía


primer año de actuación


Cada mujer es una flor, es una melodía.

Agradezco la posibilidad de atestiguar los pasos de tantas mujeres que se acercan buscando un espacio para florecer.


Yo también lo tuve. A mis 27 años mi mundo se empezó a tambalear, hice mi propia revolución, una psicóloga sin titular, escribiendo su tesis y recién casada que se ponía a estudiar teatro. Me dedique un año entero a tomar talleres y preparar la prueba de admisión, mientras terminaba mi tesis. Volví a los 17 a mis 26 y a los 27 estaba saltando al vacío, sin trabajo, con ahorros, ganas y el sueño de encontrarme en un lugar más cerca de mi cuerpo.


No sabia lo que deseaba, y como suele suceder, el deseo mezclado con anhelo siempre propulsa cambios que suelen ser demoledores, demoledores de la idea que sostenemos de nosotros mismos.


El teatro me llevó al cuerpo en picada, al sentir, al exponerme, al ser vista. Yo que me había ocultado tanto tiempo de mi propio deseo, de mi sentir verdadero, de mi salvaje, de mi bestia.


Esa yo, ahora estaba parada en un escenario, en una sala oscura con muchos ojos mirando, evaluando, comentando, dirigiendo, desafiando.



ensayo general de teatro en verso


Y entré de lleno en mi sombra. Primero la resistencia hizo mella en mi cuerpo, empecé a desear deseos que reprimía, empecé a sentir pequeño el matrimonio, triste la psicología, pesado mi cuerpo. De pronto era una bohemia rodeada de jóvenes, soltando mi creatividad que había tenido atada con una cuerda bien pegada a mi costado.


La bestia estaba por saltarme al cuello y yo no sabia como dejar de ser una niña buena, una mujer perfecta.


Mi maestro de teatro me lo dijo en una cena en su casa. Ese reconocimiento me golpeo, “como puedes ser tan perfecta”… me dejó con una conciencia de mi que desconocía, la niña perfecta. Las niñas perfectas no pueden ser actrices, las buenas actrices se permiten ser un desastre, se desmontan a si mismas para ser montadas por la vida, por sus miles de rostros.


Yo quería desesperadamente ser canal de otras voces, pero estaba atada a mi propia mordaza.


Igual me lance al ruedo y a mitad de la carrera estaba toda contracturada, divorciada, muerta de miedo, emborrachada de noches en vela, textos de Artaud, comedias oscuras, piezas de teatro, amantes imposibles y un cuerpo revitalizado y atlético. También allí conocí el lado oscuro de mis adicciones, me permití bajar las escaleras hacia un espacio que, a veces, era sutilmente autodestructivo.


¿Quién era yo?

Fueron años de revolución ruidosa, rockera, explorando y acuerpando una joven que había sido maniatada. Dejé la poesía y la empecé a vivir, a reír, a tocar.

Quise mucho más de lo que podía abarcar, no tenia medida, ni sabiduría. Mi corazón siempre grande y generoso me salvaba de ser muy idiota.

Y era imposible aún tocar mi herida, entonces empecé a nombrarla, silenciosamente empecé a buscar sanación a ciegas y como una loca a veces, otras veces en un profundo silencio.

Llegue hasta el hueso.

Quedé sola en ese vacío y supe que estaba enferma de mi.

Pedí ayuda.

Sabia que era mi alma la que estaba en juego.

Porque estaba tratando de ser la loca y la perfecta al mismo tiempo, porque tenia tres trabajos y no sabía como amar.

Porque me atormentaba el asesinato de mi madre y las relaciones tóxicas en las que seguía cayendo, aunque parecieran promesas de matrimonio, promesas de familia, promesas de hogar.



Valle de la luna en La Paz, Bolivia


Entonces llegué a una mujer sabia y mayor que me abrió su consulta, su casa y su escucha, para que yo hiciera un nido, para que yo me desarmara.

Para llorar ríos de lágrimas, pero con sentido, con palabras, con cuerpo y con una luz que me guiaba.


No lo sabía entonces, pero ahí empezó mi camino como sanadora verdaderamente. Ese año en que aprendí a meditar, a sanar, a caminar, a ofrendar, a quererme y a respetar lo más sagrado en mi.


Después tendría que aprender a llevar eso al mundo, a dejarlo puesto en mi corazón y no sólo en las herramientas. Y siempre, siempre tuve puesto el cuerpo, he dado el cuerpo a la vida y lo seguiré haciendo. Como una flor o una melodía.


Daré lo que tengo para ir mas hondo, para estar mas viva, más presente, más completa y coherente.



Altos de Lircay, Talca, Chile


Darles a otras un nido es mi propio refugio, mi acto de ofrenda.

Allí pongo lo que sé y lo que soy.

Allí honro a la vida.

Ahí espero que encuentres lo me dieron y lo que aprendí:

Que se puede renacer, sanar, entender, integrar.

Que se puede nombrar el horror y convertirlo en diamantes en el corazón.

Que se puede morir mil veces y volver a amar más fuerte.

Porque somos todas flores y melodías.


por María



 
 
 

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