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Diario de una psicoterapeuta #Día 2: mujer en el desierto

Actualizado: 22 oct 2021

A veces las mujeres caminamos un desierto, uno bien seco y distante de nuestro refugio.


Estamos solas, así lo sentimos. Nos sentimos más solas que nunca y que siempre.

Los huesos nos duelen, no queremos oír ni abrir los ojos, está todo tan vacío, tan distante, tan muerto.

¿o seremos nosotras ese desierto?



A veces el desierto es el mejor aliado para volver a casa, para recoger los huesos y piedras que creímos sin valor y llevarlos abrazados a nuestro costado izquierdo, como unas reliquias de las que no sabemos nada, pero que podrían hablarnos de algo importante algún día. Algún día.


Mientras sólo nos queda caminar en el desierto.

Caminamos, respiramos la inmensidad, aprendemos que podemos estar en esa soledad, aprendemos más de lo que podemos decir.

Hasta que llega el día, ese día en el que podemos escuchar a nuestras reliquias.


Ese día llega, quizás cuando ya hemos arribado a un puerto seguro, un lugar entre el desierto y nosotras que huele un poco a pan y agua, allí donde podemos dormir sin un ojo abierto.

Entonces recordamos ese atado de pequeñas piedras insignificantes y huesos que llevamos en nuestro costado.



Las ponemos en el suelo con sumo cuidado, encendemos un fuego y nos ponemos a cantar. Nos ponemos a cantar como si nunca hubiéramos tenido voz, como si el universo entero estuviera oyéndonos.


Cascadas de lágrimas, tonos, historias, abrazos, noches y días corren a través de la voz traspasando el tiempo y el espacio, tocando nuestra piel, erizándola, haciendo crecer árboles en bosques distantes, abriendo puertas en casas abandonadas, haciéndonos otra vez sentir.


El sol se pone, la luna sale, las estrellas dejan paso al amanecer y nuestra voz sigue cantando, manteniendo encendido un fuego que ya no está sólo en la tierra y en los leños, sino, sobre todo, en nuestro corazón.


Dormimos velando los huesos y piedras, y aun así nuestra voz no se apaga. Susurrante como una serpiente joven, nos sigue contando la historia de nuestro mundo, nuestra leyenda, a través de los sueños, llegando hasta el rincón más pequeño de nuestros órganos.




Así sabemos cantar las mujeres.

Sabemos cantar para hacer nacer cosas y seres, para hacerles crecer y acompañarles a morir. De hecho, sabemos cantar para hacernos nacer a nosotras mismas y a nuestro corazón, para que como una hermosa jarra de greda acoja al alma temblorosa y salvaje.


Por eso, en medio de ese trance de canto, que puede durar minutos, horas, días, meses o semanas -según el tamaño del desierto que haya atravesado la mujer- los huesos viejos y las piedras insignificantes empiezan a transformarse: se vuelven fuerza interior, aprendizajes del camino, sabiduría, humor y ternura hacia cada paso que ha dado la mujer en el desierto. Serán joyas preciosas, diamantes que quedarán guardados en su corazón de tierra hasta siempre, para ser practicados, engrandecidos, compartidos y sembrados en el pan y en las flores que toquen el aliento de la mujer.


por María Sanhueza Silva



 
 
 

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