Diario de una psicoterapeuta #Día 1: hablaré de mi
- mariasanhuezasilva
- 7 oct 2021
- 4 min de lectura
Actualizado: 22 oct 2021
¿De qué quiero hablar realmente? ¿A quién le hablo con tanto ahínco y ganas de mi misma?
Sigo imaginando un público silencioso y expectante frente a mí.
¿Y si no imagino nada, podré escribir igual?
Hay un camino que quisiera volver a hacer con mi escritura
Para que suene más verdadera, más cerca de mi corazón, de mis anhelos de hoy.
Así es que empecemos con algo, algo que hable de mí.
He estado en un viaje, he viajado a tierras lejanas. Como un ave me he lanzado a un vuelo sintiendo el llamado de tierras mejores, de climas más cálidos y oportunidades de prosperar.
Y mi intuición fue cierta.
Pero nada ha sido como lo esperaba.

El viaje ha sido sobre todo interior, por decisión, por practica, por convicción.
Cada día fui aceptando ir más profundo en mi, y así descubrí que el viaje no es nada sin esa premisa de base. Ya no estoy en edad de aventurarme porque sí, me aventuro porque hay un llamado intenso y profundo dentro mío. Y algo pulsaba como un sonar en mi cuerpo que me dijo que cruzara el océano, lejos de los míos y de mi tierra, una urgencia se posó en mi pecho.
Y bueno, la mente y la imaginación hacen su trabajo. El sueño largamente anhelado de tierras lejanas, de castillos, razas diversas, desafíos y grandeza pulsaban en mi relato interior. Además, con el tiempo lo entendí, cierto dolor del que no podía hacerme totalmente cargo, una sensación de haber tenido unos años muy amargos en mi amado sur del sur. Pero eso es otra historia que algún día les contaré.
En el primer momento vibraba la oportunidad, la ventana abierta, la aventura, la expansión, la ligereza.

El viento y las señales se hacia fuertes en mí y comenzamos los preparativos.
Mi primera gran prueba fue concreta y al mismo tiempo conectaba con mi más grande herida: la confianza. Viajábamos lejos en medio de un mundo en pandemia, lleno de restricciones ciertas y otras fantasmas. La ansiedad se hizo visita asidua, con pensamientos de fracaso e inquietud.
Allí supe que mi viaje exterior sería sólo el decorado de un viaje interno mucho más vital y probablemente mucho más importante para mi alma: el viaje hacia el desarrollo de la confianza. Es más, el reconocimiento primero de qué es la confianza, en qué pongo mi confianza y cómo sano mi herida con la entrega.
Ya verán, amigos, que para mí la vida tiene la hondura de la vida espiritual. No concibo la existencia sólo en su aspecto material, sino que la vivo y la busco en su aspecto divino encarnado, en la totalidad que es innombrable y a la vez presente en el silencio, ese aliento misterioso y transpersonal que llena cada célula y ser de este universo. Por lo tanto, he aprendido que las cosas no son como se ven, que cada segundo contiene una oportunidad de crecer y que la vida es un regalo inmenso que quiero aprender a recibir y tomar.
Meses caminando por diversas calles y diversos rostros, mi trabajo como ancla y mi compañero como sostén. Aprendiendo a calibrar la brújula, aprendiendo a descubrir que en todas partes estaba yo en casa, en mi pequeño hogar interior.

Descubrirme plena y segura en los tránsitos, aceptar la vulnerabilidad que la falta de hogar me hacia experimentar, descubrir la flexibilidad interna en medio de la ansiedad, el deseo, la apertura y la autoprotección; cada uno de estos sentires fueron una practica cotidiana. Lo más sano no es no sentir ansiedad, miedo, vulnerabilidad; por el contrario, la salud se refleja en la capacidad que vamos creando de volver a un lugar seguro dentro de nosotros en medio de las tormentas emocionales y sensitivas que experimentamos al tocar aspectos dolorosos y complejos en la vida.
De a poco, abrirme, sentirme más cómoda en el transito de una vida nómade, me regalo nuevas percepciones. La percepción asombrosa de que cada lugar al que iba se me presentaba como si fuera “cualquier lugar del mundo”. ¿Qué quiero decir con esto? Que las particularidades de esas tierras -esas que los turistas gozan, buscan y ensalzan-, si bien las percibía y las distinguía, se volvían detalles. Mi percepción se quedaba en lo que tenia de común con los lugares que visitaba y en los que vivía: las calles de México, de España ya no eran lugares de paso extraños, eran mi casa, como lo habían sido las calles de Santiago y Frutillar. Las personas de cada lugar me transmitían más desde su familiaridad, sus penas y alegrías, que desde sus acentos y modos diferentes. Ya no había lugares desconocidos, eran nuevos, pero no desconocidos.

Y en medio de la naturaleza siempre estaba Dios y su silencio hecho de pájaros y olas, de perros y lluvia, de brillos del sol y la luna, de praderas, selvas, playas, montes y ríos. Como fuera y donde fuera, siempre le he podido sentir allí. Ahora el cambio de decorado no me capturaba, me quedaba allí, atenta, mirando Sus formas de amar y crear vida, siempre con Su sello, con Su firma invisible. ¿Era mi percepción de hogar interior la que me permitía sentirme así en Puerto Vallarta, Ciudad de México, Barcelona, Tossa del Mar, Can venet, Ronda o Madrid?
Sin duda mi percepción de turista se había destruido.
Ya no vibraba tan fuerte el encanto de cada lugar. Reconocible, hermoso y único era capaz de verle, pero tras él me sentía “como en cualquier parte del mundo”.
El viaje me había regalado ya en el primer mes el mejor regalo, la apertura de mi mente y de mi corazón, la certeza de que el mundo era mi casa.
Pero luego de varios meses, la casa se volvió grande, grande y yo empecé anhelar otros anhelos. De eso, ya les contaré.



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